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¿Has pensado alguna vez qué deben de tener los empleados de Google, Facebook o Apple para trabajar allí? Seguro que sí y también casi seguro que alguna vez has soñado en trabajar en ese tipo de empresa.

Pues bien, en esta entrega de mis aventuras y desventuras por tierras norteamericanas, hablaré de los perfiles y currículums más valorados por las que se consideran las empresas más punteras en creatividad e innovación del planeta.

Con este cartel empezó todo

Lo descubrimos gracias al siempre emprendedor Juan Corbera, mientras paseabamos por el Embarcadero de Frisco, un lugar fabuloso lleno de gaviotas, gente entrenando, vistas al puente más denostado del mundo (por estar siempre a la sombra del Golden Gate) y también unos Pier llenos de pequeñas y grandes empresas (aunque no lo parece desde fuera) con grandes sorpresas en su interior.

Decía que fue gracias al bueno de Juan porque paseando por allí yo me fijé en que en una pared había un minúsculo, casi ridículo, letrerito que ponía: IDEO. La pregunta fue inmediata, ¿no será esto la famosa empresa de Design Thinking, verdad? Para comprobarlo nada mejor que el coraje y la acción, dos de las cualidades que definían a los famosos príncipes del reino de Serendippo.

Una vez allí dentro, y con todo el atrevimiento del mundo, estuvimos preguntando acerca de la empresa, de sus instalaciones y de su modus operandi. Sacamos poco, lo reconozco, pero muchísimo más de lo que esperábamos y, sobre todo, más que si la verguenza se hubiera impuesto sobre el descaro.

Friki no, T profile!

Y ahora, al grano. ¿Qué aprendimos allí? Nada más y nada menos que sobre los perfiles preferidos para trabajar allí. Interesante, ¿verdad?

Lo que gusta en empresas como IDEO es, como ellos mismos denominan, un perfil raro. ¿Y qué demonios es un perfil raro? No, no creáis que se trata de contratar a cualquier freaky que pase por la calle. Son freaks, pero de otro estilo. Un perfil raro para ellos es uno que aglutina una serie de conocimientos que, en teoría, son muy dispares entre ellos. Verbigracia: un ingeniero informático que sabe japonés y tiene un máster en Sociología aplicada además de tener varios cursos en cocina creativa y coleccionar vinilos de Frank Zappa y de los Grateful Dead de los 70.

¿Eres uno de ellos? Enhorabuena, tienes un perfil raro, de esos que causan estragos en lo más cool & creative de Silicon Valley. De nada sirven aquí los C.V arregladitos y que los jefes de RRHH europeos nos han animado a construir. Si eres licenciado en Economía, tienes un MBA y experiencia en el tema quizá les interese mucho tu perfil en otro tipo de empresa pero en lo referente a lo creativo, niente...

¿Pero por qué esto es así? Bueno, ciertamente tiene todo el sentido del mundo cuando se habla de creatividad. Esta gente ha entendido mejor que nadie que la creatividad y la innovación son el único motor que tira de la empresa en los tiempos confusos en que vivimos. Ese tipo de perfiles potencian y estimulan la creatividad más que ningún otro ya que se trata de gente inquieta, curiosa y, sobre todo, más abierta que la gente común. Por lo general el personal se centra en algo y va adelante toda la vida con ello. El abrir hacia los lados aunque centrándose en algo es lo que ellos llaman el T profile. La línea horizontal de la t sería esa apertura hacia todo lo desconocido mientras que la vertical sería la especialización en un campo concreto.

Y ese es el máximo secreto de los perfiles más innovadores, aquellos que, sin dejar de ser expertos en lo suyo, saben abrirse hacia otros campos muy distintos al suyo, creando así el inevitable peril raro o T profile.

Y tú, ¿eres un perfil raro?

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En España siempre ha estado muy arraigada la frase de "pedir" o "buscar trabajo". Hoy, más que nunca, la gente busca y desespera por que alguien "le de" un puesto, lo haga sentirse útil en la sociedad a cambio de una cantidad con la que, más o menos, pueda vivir. Para ello el personal se dedica a formarse a base de cursillos y al envío masivo de C.V's a los ya saturados departamentos de recursos humanos de las empresas. Ese es el método que se les ha enseñado y, por tanto, lo único que saben hacer.

Si algo aprendí en mi reciente viaje a Silicon Valley es que la cosa no funciona así. Ni de lejos. Igual que escribía hace poco un post sobre por qué a Google le importa tres pimientos que vayas a visitarlo, en esta ocasión lo vamos a dirigir hacia la búsqueda de empleo o venta de un servicio a un tercero.

Como bien me dijo uno de los muchos emprendedores españoles que viven en San Francisco "aquí (en USA) la puerta siempre está abierta por primera vez, la segunda dependerá de la primera". Y así es. La puerta siempre debería estar abierta por primera vez. Lo que hagas con esa vez condicionará toda la relación con dicha empresa.

A pocos les gusta dar pero a todos les gusta recibir. ¿Tú pides o das?

Por tanto, si vamos con la mentalidad de pedir, rara vez se nos dará. Sin embargo, si vamos con la mentalidad de dar el tema ya cambia. Pero, ¿dar, el qué? Pues bien, dar algo, en este caso algún valor nuevo y útil para la empresa. Rara vez somos empáticos con las empresas. Sólo vamos a ver si nos dan algo. Pero, ¿y qué hay de sus necesidades? ¿Tú que les ofreces? ¿Una carrera, un máster?

Pocas veces somos conscientes de que no sólo competimos con nuestros vecinos, ni con nuestros propios compatriotas sino con todo el mundo. Welcome to the global world, dude!

Concluyendo: si estás intentado conseguir un trabajo o vender tu servicio a una empresa (sea el que sea) considera primero las razones de por qué ellos te deberían recibir e incluso comprar. Házte esta pregunta: ¿tú te comprarías a tí mismo? y sobre todo, ¿por cuánto?, es decir, ¿cuánto estarías dispuesto a pagar por lo que tú mismo ofreces?

Si en España también se abrieran las puertas fácilmente por primera vez la gente se pararía más a estudiar qué ofrece y cómo lo hace. Tirar C.V's es barato y fácil. Pero ese no es el camino. Sé creativo, explora, genera alternativas y encuentra el valor a lo que haces. Esa es una de las grandes lecciones que aprendí en mi viaje y que quería transmitiros.

¡Buenos días y buena suerte!

Si vuelvo la mirada atrás, ya son muchos años escribiendo y viviendo lo que yo denomino "Explorando el Kilimanjaro". Poco a poco ésto se ha ido convirtiendo en mi propia metodología, mi modus operandi particular. Y sí, al final he comprendido que es lo mejor y más sincero que puedo llegar a compartir con los demás.

Explorar es una actitud pero, como sucede en todo lo demás, no por ello carece de herramientas, claves y ejercicios que lo mejoran. Y ahí entro yo. Mi habilidad innata para explorar junto a mis estudios de psicología, creatividad, innovación, marketing y la experiencia de trabajar diariamente con empresas, han conseguido que hoy pueda hablar y trabajar de este modo.

Pero es sorprendente que, lo que a mí me parece fácil e incluso básico, a otros les parezca una gran montaña (el Kilimanjaro) que escalar. Sin ir más lejos, quería comentar lo que me sucedió el otro día al respecto. Estando en una generación de ideas para mejorar un producto (latas de conserva, concretamente) presioné a un participante por no esforzarse más en el ejercicio. Mi sorpresa fue mayúscula cuando éste me dijo: ¿y a dónde quieres que llegue? no hay nada más, es más, ¿a dónde habría llegado si hubiese seguido ese camino?

De niños todos somos exploradores.

Esa pregunta me hizo mucha gracia. La gente cree que cuando trabajamos en un reto creativo yo ya conozco las respuestas. Nada más lejos de la realidad. Yo co-creo con ellos, les ayudo en lo que yo sé y me nutro de lo que ellos saben para hacerlo. Nada más. Pero hay una cosa clara: si uno no quiere recorrer un camino, arriesgarse, nunca sabrá lo que hay al final del sendero de baldosas amarillas. Y ahí reside la actitud de la que hablaba.

De pequeños todos tenemos ese don, esa actitud exploradora. Poco a poco, si le dejamos, eso se va perdiendo y por fin, nos abandona. Ahí no sólo estamos perdiendo nuestra capacidad más preciada para innovar sino que perdemos nuestra identidad. La falta de riesgo, de curiosidad, de imaginación, e incluso de diversión, vienen dadas por la falta de actitud exploradora.

Siempre dije que hay dos tipos de personas: las que exploran y las que no. Y tú, ¿todavía conservas tu instinto explorador?

 

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¿Qué podría ofrecer a mi cliente sin un gran esfuerzo para mí y que sin embargo él perciba como un valor añadido?

A veces no se trata de grandes eventos, ni siquiera de grandes sacrificios por parte del empresario-empresa-vendedor sino de algo mucho más minúsculo, de un detalle que parece que no pero acaba marcando la diferencia. Y mucho.

Esa es otra de las lecciones que me deja el viaje de Explorando Silicon Valley y concretamente la cultura americana, y es el de la profesionalidad en la atención al cliente.

Ya sea en un restaurante de clase alta o en un sencillo local de fast-food, uno es recibido con una amplia sonrisa de oreja a oreja mientras escucha aquello de "what can I do for you?" Y encima esa sonrisa parece sincera. Probablemente lo sea. En mis clases de Psicobiología I aprendí que los músculos que trabajan cuando se sonríe de manera espontánea y los que lo hacen cuando fingimos son diferentes, y por tanto, el ojo entrenado así lo percibe al recibir la sonrisa.

No falta un vaso de agua con hielo en la mesa, vaso que nunca se termina porque ya están los camareros para que eso no pase.

Un sencillo vaso de agua puede marcar una gran diferencia

Si el local es de cierto nivel, incluso la podemos encontrar con unas rodajas de limón. Es algo que no cuesta nada y sin embargo se agradece independientemente de que luego queramos un refresco o una cerveza.

Otro de los detalles que siempre marcan la diferencia es la disponibilidad del personal. Sin ser pesados ni parecer que te persiguen, como en El Corte Inglés, uno se siente el actor principal del local, pero a sus anchas. En todo momento sabes que estás arropado por un equipo profesional. En mi visita al Levi's Store lo pude comprobar de primera mano. Sólo entrar un vendedor se te presenta por su nombre y, más allá de actuar como un vendedor al uso se comporta más como un personal shopper o un asistente. Me pareció maravilloso el equilibrio que consiguen entre ser atento y nada pesado. No compras por compromiso ni presionado sino que lo haces estando a gusto y encontrando lo que quieres en cada momento.

Pero esto no es exclusivo de las tiendas de ropa o los restaurantes. Ya sea la tienda Apple, un hotel o incluso en los centros de coworking, uno se siente cómodo y atendido. En el coworking más cool de San Francisco, el RocketSpace, incluso fuimos invitados a unos refrescos a condición de hacer un follow en Twitter.

Mi conclusión es que puliendo los detalles se puede dar un servicio de mucha más calidad. A veces la cultura empresarial y la motivación de los empleados es suficiente para transformar un negocio medio en superior.

Ahora es tu turno, ¿qué podrías ofrecer a tus clientes de esta forma que aumentara tu valor?

Por fin, lo que surgió como una idea para contar lo que ha sido la exploración a Silicon Valley de forma masiva, se materializó el pasado miércoles en la sala Coworking Valencia delante de amigos, conocidos y curiosos que deseaban saber de primera mano cómo es la meca de la innovación y la tecnología. 

Impartida a medias con el compañero de viaje y programador Carlos Martí, nos dividimos la charla en dos versiones. Él, más receptivo a todo lo bueno que ofrece el valle, habló de sus grandezas. Yo, por el contrario, me centré en aquello no tan bueno que nadie te cuenta. Las dos versiones son ciertas pero a su vez complementarias.

Como toda moneda, Silicon Valley también tiene dos caras. Y más vale conocer las dos antes de dar el paso hacia allí.

Luego no digas que no te lo advertimos...

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Sigo con las aventuras y desventuras que el viaje Explorando Silicon Valley me ha dejado para la posteridad.

Reconozco que, como tantos otros, una de mis expectativas antes del viaje era la de visitar grandes empresas nacidas y afincadas en el valle como son Google, Apple o Facebook. Que, ¿por qué era así? buena pregunta. Ni lo sé. Supongo que al ser empresas tan célebres y con tanto pedigrí uno siente una especie de morbo, de curiosidad sana por ver cómo son y cómo trabajan. ¿Serán tan distintas de las de aquí?, te planteas.

Si tu ilusión es hacerte una foto debajo de esto, reflexiona un momento.

El viaje, que aunque dio para mucho, no lo hizo para cumplir esas expectativas ya que finalmente no visité ninguna de esas grandes empresas que me había propuesto. Pero sí que, gracias a una genial conversación con uno de los muchos españoles afincados por aquellas tierras, pude reflexionar sobre lo que hasta la fecha no había hecho.

¿Para qué quieres ir a Google?, me preguntó. Antes de responder, mejor complementar esa pregunta con esta otra:

¿Por qué Google querría que tú fueras a verlos?

Debo confesar que esa segunda pregunta fue todo un hachazo. Después de ella veo las cosas de otra manera. Y es que, cuando uno está en Estados Unidos entiende que el norteamericano está a lo que está, y eso es business. Para lo bueno y para lo malo. Esto significa que si él percibe que le vas a aportar valor tienes abierta la puerta de par en par. Da igual quién seas, cómo vayas vestido y qué idioma hables. Lo importante es que lleves algo bajo el brazo que a ellos les interese para hacer negocio.

Por el contrario, si lo que llevas bajo el brazo es una Cannon preciosa con el fin de hacerte una foto con su logo y cotillear entre la marea multicolor de post-it pegados en sus paredes, francamente, no les interesa. Lo cual, ahora, me parece muy normal.

Para entender a Google hay que entender su contexto cultural, es decir, cómo piensan en ese país. Google está a lo que está, que es a hacer dinero. Y, aunque el español esté pensando que él también, se equivoca de todas todas. Aquí no se piensa en el dinero ni la mitad que lo hacen allí. Es otra filosofía. No se pierde el tiempo, sé es verdaderamente práctico y muy abierto a lo que el otro tiene que ofrecer (no como aquí). Eso sí, si tu valor aportado es cero, las puertas se te vuelven a cerrar.

Así que antes de proponerte ir a ver a Google planteate, ¿qué les aportas tu a ellos? Si no puedes ofrecer más allá de tu magnífica presencia, mejor quédate en casa. Google lo agradecerá y, a la larta, tú también.

Recién llegado de mi exploración por California y más concretamente por Silicon Valley, me dispongo a ir contando a través de una serie de post aquellos detalles, ideas y reflexiones que me he traído de un país repeto de contrastes.

Hoy hablaré de mi viaje al valle de Napa y de lo que allí aprendí.

Como buen aficionado a los vinos no podía dejar de visitar el valle más famoso de Estados Unidos en cuanto a los buenos caldos se refiere. Por culpa del cine y más concretamente de la película Sideways ("Entre Copas" en España), me encontraba muy motivado a realizar una exploración profunda al mundo del vino californiano. Fue así como convencí a mi equipo de exploradores Juan Corbera y Carlos Rubio a que me acompañaran.

Debido a mi viaje furgonetero y muy vinícola a la región del Languedoc francés hace un par de veranos tenía muy claro cómo debía de ser esa excursión. La primera sorpresa llegó cuando descubrimos que allí el vino es considerado artículo de lujo. Lo que para el europeo es algo más que habitual en su vida diaria (sobre todo para franceses, españoles e italianos) para el yanqui es un verdadero lujo y, por tanto, el precio va asociado a ello. Vinos inferiores o como mucho de similares características a los de aquí a precios realmente desorbitados. Todo es cultural, supongo.

Napa y su modelo de negocio

La segunda sorpresa fue que el valle no está organizado para la venta de vinos sino sólo para catarlos. Esto fue algo que personalmente me costó entender hasta que una reflexión en grupo nos hizo darnos cuenta de que el negocio no era la venta de vino, ya que éste apenas se consume en ese país, sino que lo realmente interesante allí era vender una experiencia: la experiencia de la cata. ¡Qué grandes estos americanos! Lo que para nosotros es algo gratuito e incluso necesario para la compra del vino deseado para los estaunidenses es sencillamente "una experiencia" y, por supuesto, te cobran por ello. Nada menos que 20$ por degustar 4 o 5 vinos.

Para hacer de esa experiencia algo mucho más atractivo todo el valle intenta vestirse de gala y no dejar ningún elemento al azar. Allí no hay homeless, ni suciedad, ni nada que nos haga pensar que estamos en un sitio más. El valle es un lugar hedonista, un sitio donde poder comer bien (los mejores restaurantes del país se encuentran allí), disfrutar de las vistas (está lleno de parques naturales) y del ambiente (es frecuentado por la élite americana).

En definitiva, si en mi viaje a Francia no paré de catar cuantos vinos quise y, en consecuencia, llegué a casa cargado de botellas, en Estados Unidos caté muchos menos y volví sin una sola botella. Sobre el gasto, evidentemente mucho menos en Napa, pero también por mucho menos.

Como europeo prefiero nuestro modelo pero debo reconocer que los americanos saben bien lo que hacen y han gestionado su modelo de negocio de la mejor manera posible. Ya que el vino allí es considerado como un placer al alcance de muy pocos, han pivotado la idea de vender vino directamente (lo cual no es muy viable) a vender la experiencia de beber vino (lo cual es mucho más consecuente con el estilo de vida de aquel país).

Conclusión: lo importante no son las circunstancias que te rodean, lo verdaderamente importante es saber adaptarse con un modelo de negocio adecuado a esas circunstancias. El valle de Napa y sus vinos nos enseñaron que eso es lo más inteligente que una organización puede hacer.

¡Salud!

La vida es un conjunto de pequeñas vidas. Al igual que las famosas matrioskas, de la cual la grande se compone de otras más pequeñas y así sucesivamente, la vida de una persona se compone de retales, pequeños momentos que hacen al fin, una vida completa.

Venir a San Francisco a explorar Silicon Valley ha sido una decisión de esas que, sólo cuando pase el tiempo, sabré que es una de esas pequeñas, aunque fundamentales piezas que conformaron mi vida.

Ya expliqué en otro post las razones por las que he venido. Ahora sólo quiero que además la gente pueda compartir conmigo este viaje. Para ello Juan Corbera, Carlos Rubio y yo mismo hemos creado un hashtag en twitter para que, no sólo se puedan seguir nuestras andanzas por tierras emprendedoras, sino que además se pueda interaccionar con nosotros para preguntar cualquier cosa que os resulte interesante.

Este es un post que quería haber escrito antes pero la intensidad del viaje no me lo ha permitido hasta ahora.

Con él os dejo. que sirva como vehículo para engrandecer todavía más este viaje:

#explorandosiliconvalley 

Y mi último post antes de embarcarme en mi aventura americana hablará de dos de mis pasiones: la innovación y la música.

¿Que cómo las puedo unir? Pues aunque parezca mentira el ejemplo que estoy a punto de relatar fusiona de una manera magistral las dos disciplinas.

Aquí está la portada elegida para el proyecto.

Todo empieza con un simple juego, uno que trata de dar la posibilidad a los creativos de este mundo a diseñar la portada de un disco que no existe. Una vez creadas la gente puede votar la mejor portada. Pura Open Innovation.

Al final hay una elegida, ésta se sube a Facebook y el productor musical que se encarga de liderar todo este proyecto,  Guido Aalbers, decide abrir trincheras otra vez pero en este caso para que la gente componga la música. Tal y como sucede con la portada, la gente responde y la cuenta de Guido se llena de canciones, canciones hermosas con las que llenar la portada elegida.

El resultado es una banda, Lorrainville, y su primer disco "You May Never Know What Happiness Is". Todo, banda, portada y canciones, compuesto y seleccionado por personas que no se conocen pero que comparten un proyecto común.

Ahora ya conocen la historia de Lorrainville y de su hermoso proyecto. Ahora ya son conscientes de que Internet y las redes sociales están cambiando la forma de vivir, de relacionarse y hasta de crear. Y eso nos debe hacer replantearnos los modos de trabajar, de crear empresas, de relacionarnos con el cliente.

¿Qué pasaría si fuera el cliente el que diseñara los productos? Empresas como CocaCola, Lilly o Nike ya llevan tiempo jugueteando con la Open Innovation.

La verdad está ahí fuera. Pertenece a la gente talentosa de este mundo. Aprochémosla.

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Pues sí, amigos, me voy una temporada a explorar nuevas tierras, a descubrir otras formas de pensar y a conocer a gente realmente interesante. Y nada mejor que Silicon Valley para conseguirlo.

Realmente eso es lo que he estado haciendo durante toda mi vida cuando llega marzo. Como buen valenciano que huye de las Fallas pero a la vez respeta su esencia más sagrada que no es otra que la de quemar lo viejo para emprender nuevos proyectos, agarro la mochila y salgo disparado para cualquier parte del mundo que en ese momento considere interesante.

Otros marzos me han llevado a sitios tan dispares como India, Marruecos, Honduras, Chile o México y otros tantos vendrán en el futuro. Este año, desde luego, toca San Francisco y aledaños.

¿Por qué me voy a San Francisco? pues por lo mismo que me he ido a los demás lugares. Porque una vez al año no hace daño, es más hace muy bien, eso de salir de la rutina (por poca que tenga) y escapar de lo que yo llamo la Zona de Seguridad Próxima (ZSP) o lo que otros llaman zona de confort, porque las ideas se oxigenan y siempre llegan otras nuevas, porque la vida está ahí afuera y , sobre todo, porque hacerlo es lo más adecuado para que las serendipias sucedan. Y de eso creo que sé un poco.

En San Francisco me esperan buenos amigos como Xavi y Carlos, pero a su vez otros que sin duda lo serán como María, Ana, Pablo o Ricard. Me esperan cenas con emprendedores, visitas a empresas como Google o Twitter o la imperdible visita de la librería City Lights, lugar sagrado para los beatniks de corazón.

Me voy porque me lo dice la cabeza pero sobre todo me lo pide el corazón y, como decía el Popol Vuh,

"Cuando tengas que elegir entre dos caminos elige siempre el que tenga corazón. El que elige el camino del corazón no se equivoca nunca".

Que así sea.