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El que busca, encuentra

¿Cuántas veces hemos querido acordarnos de un dato que conocíamos y éste se nos ha resistido hasta que ya no lo necesitábamos? Es el llamado síndrome de “la punta de la lengua” y no es, ni más ni menos, que un pequeño fallo de la memoria, un lapsus natural, típico y de lo más común entre los seres humanos. Se le da una orden clara al cerebro y éste, al igual que cualquier sistema operativo, se dispone a buscar el dato entre montañas de información acumulada. Puede que se encuentre rápidamente, puede que no. Lo formidable de este síndrome es que tarde o temprano, incluso cuando ha pasado un tiempo considerable, acaba realizando su tarea con éxito. Por eso a veces nos acordamos de cosas cuando ya hace tiempo que pensamos, conscientemente, en ellas.

La capacidad de buscar, de explorar nuevos caminos

 

Esto cuando hablamos de memoria a largo plazo porque, si nos referimos a la memoria de trabajo, también llamada a corto plazo, observamos lo limitados que estamos. Decía el psicólogo George Miller en 1956 que esta memoria sólo podía retener unos siete dígitos (más menos dos), justo un número de teléfono. Los estudios de hoy en día corroboran sus resultados.

Pero, en lo que a memoria se refiere (sea a corto o la largo plazo) más vale lápiz corto que memoria larga, o al menos así dice el refranero español. Y eso es justamente lo que Internet nos ha regalado. Gracias a la red hoy en día estamos a un solo click de prácticamente todo el conocimiento humano. Para bien o para mal, una enorme masa de información sobrevuela nuestras cabezas como una gran nube (véase el nuevo icloud) real a la vez que inalcanzable.

Hoy en día la memoria ha sido relegada al pasado junto a los telegramas o bailar pegados. Podría decirse que se trata ya de un pasatiempo como el Sudoku o la sopa de letras. Porque, ¿quién necesita memoria cuando todo está en Internet? Se acabó el gran almacén donde dormían los reyes visigodos y la tabla periódica de los elementos. Hoy nadamos en un mar de información que pasa por una pantalla.

Pero, como todo en la vida, este gran avance también tiene su lado oscuro. Dicen que el exceso de información es desinformación. Y eso es justamente lo que provoca Internet. Hay tanta información que se junta la buena con la no tan buena, o la verdadera con la falsa, si se prefiere. Ante tal avalancha de datos, opiniones, estudios y demás información, el usuario lucha por encontrar documentos fiables. Y es ahí donde se va la mayor parte del tiempo.

Si antes teníamos serios problemas en encontrar lo que buscábamos debido a la carencia de recursos, hoy, paradójicamente, nos ocurre lo mismo por el exceso de los mismos. Ya en los años 50 los escritores Orwell y Huxley anunciaban los problemas de información que tendríamos en el futuro. Mientras que Orwell apostaba por la carencia, Huxley lo hacía por el exceso. A la vista está quién tuvo más visión a largo plazo.

Lo frustrante de todo esto es la sensación de tener todo al alcance de la mano, o si se prefiere a golpe de ratón, y no poder acceder a ella. Nadie nos enseña a discriminar entre un buen o mal contenido, a tomar decisiones sobre lo encontrado, a gestionar el tiempo de manera adecuada con el fin de que no se nos vaya todo el día en vano o, en definitiva, a saber buscar con todo lo que ello implica.

Como decía el viejo dicho y también el título de este artículo, el que busca encuentra. Pero de ignorantes es pensar que buscar es una tarea superficial. Para los seres humanos del siglo XXI representa uno de los recursos más útiles y necesarios con los que nos enfrentamos a la vida.

 

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