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Extrañas, extrañas clases

Sólo me falta dar clase a los pitufos

Dedicarse a esta profesión requiere mucha versatilidad, creédme. Nunca sabes con qué ni quién te vas a encontrar cuando llegas a una ciudad nueva, a una empresa o un aula donde se encuentran los alumnos esperando, deseosos y ansiosos de ver qué va a pasar allí. Ya se sabe, la creatividad es magia...

Así, con un ligero vistazo interior a mis recuerdos, me viene una clase donde tuve que tener al bebé de una de las asistentes en brazos para que no llorara (Silla), otra donde acabé tocando el piano en plena sala (Vitoria), otra donde tuvimos que dar la clase en el parque de enfrente porque hacía mucho calor (Reus), otra donde hice de árbitro de boxeo (Alicante), otra donde me tocó lidiar con 250 empresarios mirándome fijamente (Oviedo) o incluso una en la que me metieron con el doble de alumnos en un aula sin ventilación, donde nada funcionaba y donde no había luz natural (Tarragona) y ¡ale! ahí te las apañes...

De todo se sale, por eso, este próximo lunes creo que también superaré la prueba. Vuelvo a la sala de creatividad del INVATE ya que seguimos con el proyecto DISANAR del que os hablaba no hace mucho. En este caso viene una empresa - ya hablaremos de ella en su momento- en el que sólo trae a un representante. Es decir, tengo a ¡sólo un alumno! He dado clases para dos, pero nunca para menos. Será como una clase particular. ¿Removerá esto mis días de repaso en el colegio? Ni idea. Lo cierto es que será, como en tantas ocasiones, otra extraña, extraña clase.

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